Apagar
la televisión y desconectarse de internet y del móvil es un buen comienzo para
orar.
Orar
requiere, en primer lugar, buscar un lugar cómodo, silencioso, ordenado y tranquilo.
Buscamos un silencio exterior. No hace falta que sea absoluto y total, no es
necesario irse a la cumbre de una montaña, basta con un entorno tranquilo donde
pueda estar solo: una iglesia o su
cuarto, por ejemplo.
Podemos
comenzar rezando el Padre Nuestro u otra oración, pensando en lo que decimos,
muy despacio. En otros momentos podemos hablar con Dios como se habla con un
amigo, imaginándonoslo junto a nosotros.
A Dios Padre no podemos imaginarlo, pero sí a la imagen que hizo de sí
mismo, su Hijo.
Teresa
de Jesús lo dice así: “… que no es otra cosa oración mental – a mi parecer -,
sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos
nos ama.” (Vida 8,5).
La
oración puede quedarse aquí. No debe ser un acto egoísta que busque levantar el
espíritu a sentimientos místicos, ni una paz interior sobrenatural. Al
contrario, debemos acudir a la oración de manera humilde, con el corazón
abierto y desnudo.
Esta
primera etapa es la más difícil: por un lado nos cuesta encontrar el tiempo
dentro de nuestro día. Debemos tratar de buscar un momento y una duración
fijos. La oración requiere una disciplina, no es distinta en esto a aprender
inglés, a esquiar o a tocar la guitarra. “No tengo tiempo” significa “no
quiero, hay cosas más importantes”, todos tenemos las mismas horas en el día.
Por
otro lado debemos dejar de adorar a los ídolos de nuestro tiempo: las
atracciones del mundo y sus distracciones. Si no tomamos la iniciativa seremos
esclavos del mundo siempre. No debemos dejarnos influir por prejuicios e ideas
preconcebidas sobre la oración, no es sólo una cosa de monjas o de curas piadosos:
todos estamos llamados a la oración.
Si
logramos dar este primer paso; reservándonos un espacio y un tiempo a la
oración, debemos tratar a continuación de silenciar nuestra mente: nuestro
mundo sigue ahí dentro, y las preocupaciones que tenemos provocarán que nos
asalten continuas distracciones. Esto nos va a pasar siempre, al principio y
cuando llevemos mucho tiempo, pero no debemos dejar que las distracciones se
conviertan en las protagonistas.
Debemos
estar atentos a las distracciones, ellas reflejan donde está realmente nuestro
corazón, debemos despegarnos de ellas pero entender que son nuestras
inquietudes y apegos. El combate de la oración se vence cuando nuestras
preocupaciones tienen que ver con nuestra mejora espiritual; ayudar y servir a
los demás, pedir por ellos y por nosotros. Saber que queremos servir a Dios y
no al dinero.
De
la oración deben nacer buenas obras: “Para esto es la oración, hijas mías; de
esto sirve este matrimonio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras”
(Moradas séptimas 4,6).
Pero
habrá momentos en que las palabras no ocupen el pensamiento. Como nos puede
pasar con un buen amigo, o con mi marido, mi madre o mi hija. A veces basta una
mirada, a veces nos ayuda que nos acompañen en silencio. Entender cosas sin
palabras, mirar a Jesús y sentirse mirado por Él: La oración es entonces
contemplativa.
En
cualquiera de las etapas salimos reforzados con buenas intenciones y virtudes
para nuestra vida cotidiana. Poco a poco, sin ser muy conscientes de ello,
vamos dejándonos hacer en nuestro interior, dejando nuestro orgullo y egoísmo,
ganando por ello en libertad de la buena, que no es hacer lo que me dé la gana,
sino liberarnos del pecado, ganar en humildad y entender mejor lo pequeños que
somos frente a Dios. Pequeños pero muy
queridos. Sentir, en último término, que estamos en manos de un Dios
todopoderoso que nos quiere.
Hay
que entender que la oración no es una evasión del mundo, sino beber de la
fuente que nos hará continuar mejor nuestro camino y nuestra vida, nos ayudará
a saber lo que debemos hacer y a hacerlo
bien.
Santa
Teresa nos lo dice así: “…En lo que está la suma perfección, claro está que no
es en regalos interiores ni en grandes arrobamientos ni visiones ni en espíritu
de profecía; sino en estar nuestra voluntad tan conforme con la de Dios, que
ninguna cosa entendamos que quiere, que no la queramos con toda nuestra
voluntad, y tan alegremente tomemos lo sabroso como lo amargo.” (Fundaciones
5,10)
En
cuanto a la duración pueden estar bien 5 minutos al día al principio. Para ir
subiendo a 15, y hasta 30. Los religiosos Carmelitas hacen una hora por la
mañana y otra por la tarde, pero no es razonable dedicar este tiempo si tenemos
un trabajo, familia y ocupaciones.
Respecto
a la postura debe ser cómoda pero respetuosa para con quien queremos hablar:
sentado, de pie, de rodillas. En principio no recostado ni tumbado, salvo
enfermedad o incapacidad.
Practica
pronto, no busques muchas explicaciones, hay muchos libros y manuales, pero
orar es como montar en bicicleta: el manual ayuda poco,… pero una vez que sabes
no se olvida nunca.
¡Ánimo!: Alguien muy importante te está
esperando hace tiempo.
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