En este sitio, responderé a todas vuestras dudas sobre Santa Teresa, cómo hacer un trabajo, o cualquier pregunta que os surja sobre el blog.
Agradezco vuestras aportaciones
Santa Teresa de Jesús
Una mujer multifacética, vivaz y adelantada a su época
domingo, 18 de enero de 2015
Preparamos el segundo Trimestre
Ya estamos de nuevo trabajando, leyendo artículos, escuchando entrevistas de expertos, buscando información por otros blogs, seleccionándola... Y esperamos tenerlo todo listo para principios de marzo.
Este trimestre trataremos su versión más literaria.
Este trimestre trataremos su versión más literaria.
Presentación 1er Trimestre
Os dejo la presentación prezi que realizamos, y que resume perfectamente nuestra búsqueda y extracción de conclusiones en este 1er trimestre:
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Bibliografía 1er Trimestre
http://webcatolicodejavier.org/nadateturbe.html
http://www.homilia.org/oracion/8camOracionsegunStaTeresa.htm
http://www.homilia.org/oracion/4etapas.htm
http://tecnoiglesia.com/2013/02/la-oracion-de-que-manera-afecta-a-tu-dia/
https://prezi.com/g-7oc0jaea4k/san-juan-de-la-cruz-santa-teresa-de-jesus/
http://www.santateresadejesus.com/
http://www.spdd.org/
http://www.corazones.org/
Conclusión 1er Trimestre
Teresa ha probado el
amor, bueno, mejor dicho se ha enamorado platónicamente de Dios; del que habla
como un amigo o novio cercano y familiar.
A pesar de su familia católica, no le hizo ninguna gracia el entrar a un
convento a vivir temporalmente, pero supo esperar a que Dios intercediera por
ella, con paciencia, búsqueda, esmero y fe, muchísima fe. Sin embargo, en su
corazón hay una necesidad de amar muy difícil de expresar. Ha probado el amor
humano, pero ella quiere un amor para siempre y para esta determinada joven eso
significa un amor para toda la eternidad. Teresa comienza a estar cansada de
sus propias frivolidades. En el fondo es una mujer extremadamente exigente y
perfeccionista. Supo conectar con Dios mediante la oración, y sumergirse en
mundos jamás antes explorados en los que encontró a su amor platónico y con el
que conversaba constantemente. Ella quiso que los seres humanos en la Tierra
pudieran vivir y disfrutar de su experiencia, y para ello la escribió en
algunos libros y poemas (Las moradas/ Libro de su Vida).
Basó su creación poética y
literaria; así como la oración que es el tema al que realmente nos hemos
orientado, en el silencio, la soledad,
la humildad y la fe. Tuvo que llegar a la conclusión de que todo es nada para
encontrar la verdad, y para entender que ni toda su belleza, no toda su
inteligencia ni toda su riqueza podían compararse a la belleza, inteligencia,
riqueza y bondad de Dios.
Nos ha gustado mucho
realizar este trabajo de investigación, porque hemos aprendido a fondo la vida
de Santa Teresa de Jesús (nuestra fundadora), qué hizo ella para encontrar a
Dios, su experiencia espiritual, para aplicarlo en nuestros días y saber entenderlo
e incluso poner en práctica sus consejos sobre la oración y el modo de
entenderla: «tratar de amistad estando muchas veces
a solas con quien sabernos nos ama»
Oración teresiana: Sus consejos
Apagar
la televisión y desconectarse de internet y del móvil es un buen comienzo para
orar.
Orar
requiere, en primer lugar, buscar un lugar cómodo, silencioso, ordenado y tranquilo.
Buscamos un silencio exterior. No hace falta que sea absoluto y total, no es
necesario irse a la cumbre de una montaña, basta con un entorno tranquilo donde
pueda estar solo: una iglesia o su
cuarto, por ejemplo.
Podemos
comenzar rezando el Padre Nuestro u otra oración, pensando en lo que decimos,
muy despacio. En otros momentos podemos hablar con Dios como se habla con un
amigo, imaginándonoslo junto a nosotros.
A Dios Padre no podemos imaginarlo, pero sí a la imagen que hizo de sí
mismo, su Hijo.
Teresa
de Jesús lo dice así: “… que no es otra cosa oración mental – a mi parecer -,
sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos
nos ama.” (Vida 8,5).
La
oración puede quedarse aquí. No debe ser un acto egoísta que busque levantar el
espíritu a sentimientos místicos, ni una paz interior sobrenatural. Al
contrario, debemos acudir a la oración de manera humilde, con el corazón
abierto y desnudo.
Esta
primera etapa es la más difícil: por un lado nos cuesta encontrar el tiempo
dentro de nuestro día. Debemos tratar de buscar un momento y una duración
fijos. La oración requiere una disciplina, no es distinta en esto a aprender
inglés, a esquiar o a tocar la guitarra. “No tengo tiempo” significa “no
quiero, hay cosas más importantes”, todos tenemos las mismas horas en el día.
Por
otro lado debemos dejar de adorar a los ídolos de nuestro tiempo: las
atracciones del mundo y sus distracciones. Si no tomamos la iniciativa seremos
esclavos del mundo siempre. No debemos dejarnos influir por prejuicios e ideas
preconcebidas sobre la oración, no es sólo una cosa de monjas o de curas piadosos:
todos estamos llamados a la oración.
Si
logramos dar este primer paso; reservándonos un espacio y un tiempo a la
oración, debemos tratar a continuación de silenciar nuestra mente: nuestro
mundo sigue ahí dentro, y las preocupaciones que tenemos provocarán que nos
asalten continuas distracciones. Esto nos va a pasar siempre, al principio y
cuando llevemos mucho tiempo, pero no debemos dejar que las distracciones se
conviertan en las protagonistas.
Debemos
estar atentos a las distracciones, ellas reflejan donde está realmente nuestro
corazón, debemos despegarnos de ellas pero entender que son nuestras
inquietudes y apegos. El combate de la oración se vence cuando nuestras
preocupaciones tienen que ver con nuestra mejora espiritual; ayudar y servir a
los demás, pedir por ellos y por nosotros. Saber que queremos servir a Dios y
no al dinero.
De
la oración deben nacer buenas obras: “Para esto es la oración, hijas mías; de
esto sirve este matrimonio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras”
(Moradas séptimas 4,6).
Pero
habrá momentos en que las palabras no ocupen el pensamiento. Como nos puede
pasar con un buen amigo, o con mi marido, mi madre o mi hija. A veces basta una
mirada, a veces nos ayuda que nos acompañen en silencio. Entender cosas sin
palabras, mirar a Jesús y sentirse mirado por Él: La oración es entonces
contemplativa.
En
cualquiera de las etapas salimos reforzados con buenas intenciones y virtudes
para nuestra vida cotidiana. Poco a poco, sin ser muy conscientes de ello,
vamos dejándonos hacer en nuestro interior, dejando nuestro orgullo y egoísmo,
ganando por ello en libertad de la buena, que no es hacer lo que me dé la gana,
sino liberarnos del pecado, ganar en humildad y entender mejor lo pequeños que
somos frente a Dios. Pequeños pero muy
queridos. Sentir, en último término, que estamos en manos de un Dios
todopoderoso que nos quiere.
Hay
que entender que la oración no es una evasión del mundo, sino beber de la
fuente que nos hará continuar mejor nuestro camino y nuestra vida, nos ayudará
a saber lo que debemos hacer y a hacerlo
bien.
Santa
Teresa nos lo dice así: “…En lo que está la suma perfección, claro está que no
es en regalos interiores ni en grandes arrobamientos ni visiones ni en espíritu
de profecía; sino en estar nuestra voluntad tan conforme con la de Dios, que
ninguna cosa entendamos que quiere, que no la queramos con toda nuestra
voluntad, y tan alegremente tomemos lo sabroso como lo amargo.” (Fundaciones
5,10)
En
cuanto a la duración pueden estar bien 5 minutos al día al principio. Para ir
subiendo a 15, y hasta 30. Los religiosos Carmelitas hacen una hora por la
mañana y otra por la tarde, pero no es razonable dedicar este tiempo si tenemos
un trabajo, familia y ocupaciones.
Respecto
a la postura debe ser cómoda pero respetuosa para con quien queremos hablar:
sentado, de pie, de rodillas. En principio no recostado ni tumbado, salvo
enfermedad o incapacidad.
Practica
pronto, no busques muchas explicaciones, hay muchos libros y manuales, pero
orar es como montar en bicicleta: el manual ayuda poco,… pero una vez que sabes
no se olvida nunca.
¡Ánimo!: Alguien muy importante te está
esperando hace tiempo.
La fe, la experiencia más bella
Para Teresa, la fe es el misterio de
Dios, que brilla en Jesucristo, se conserva en la Biblia, nos transmite la
Iglesia y germina en nosotros el Espíritu Santo.[1]
Es su misma espiritualidad, en cuanto a experiencia de alianza con Cristo
Resucitado, expresión de lo creado en su cumbre de belleza suprema, y acceso al
Dios trinitario.
Lo peculiar de Teresa en relación con
la fe se refiere a que para ella es algo que toca su ser en profundidad, no son
verdades abstractas, sino vitales.
Ella tuvo experiencias singulares de todas las verdades que proclama el credo cristiano.[2]
Fue llegando a ellas de forma progresiva, en un proceso de historia de
salvación. Percibió la verdad de Dios en un crecimiento humano-religioso,
dentro del ámbito que ella denomina oración [3]-tiempo
reservado a la relación con Dios-. Ahí principalmente le llegó a Teresa el
misterio de Dios. Y ahí su humanidad.
En ella como en una Tierra Santa, una
Nueva Jerusalén, Dios hizo su obra, volvió a renovar a su modo la historia de
salvación. Me atrevería a decir que en pocas personas se han desarrollado como
en ella los procesos bíblicos. Es algo que se puede percibir en sus obras, a
veces de forma clara y otras como un trasfondo o clamor, que sin explicitación
bíblica no se entendería. Teresa resultará así una pequeña Biblia.
Los primeros capítulos de su
autobiografía nos recuerdan los primeros de la Biblia cuando Dios todo lo hizo
bien y se paseaba con el hombre en el jardín. Pero también a Teresa le acechó
la tentación. La ciencia del bien y del mal la asaltó en las lecturas de libros
de caballerías (V 2,1), donde las fascinaciones vanas atrajeron su atención por
un momento, y Dios quedó un poco entenebrecido para ella por el humo de lo
caduco.[4]
Y también ella sufrió la expulsión del Paraíso (V 2,7-8). Y allí, fuera de su
hogar, comienza a reflexionar sobre el misterio
de Dios, que ahora le llega a través del evangelio de Jesús (V 3,1ss); y
comienza a plantearse a fondo el sentido de la vida. Precisamente uno de los
elementos de la fe es abrir para el hombre nuevas perspectivas y obligarlo a
nuevos interrogantes. Teresa decide guiarse por la fe, pero todavía no sabe qué
vocación seguir. Y así también experimenta ella el duro bregar del retorno al
paraíso, elemento clave del dinamismo de la fe.
Una inesperada, pero providencial
enfermedad, la obliga a emprender un viaje, y Teresa se pone así en camino como
Israel, ese pueblo que descubrió a Dios en ellos. No en vano, el padre de
todos, Abraham, era un arameo errante. También Teresa, de ascendencia judía,
sería una mujer errante, y descubriría a Dios en los caminos. Ahora en éste y
después en otros muchos. Quién se podría imaginar, que la mujer que mejor ha
descrito el mundo interior, lo encontrara principalmente en los avatares de la
vida. Es que para el hombre espiritual no hay interior ni exterior, sólo existe
Dios, que da vida y sentido a todo.
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