domingo, 18 de enero de 2015

La Conversión de Teresa de Jesús

Su corazón inquieto interpretó varios acontecimientos como llamadas personales de Dios. 
En cierta ocasión, cuando estaba atendiendo a una visita, sintió que el Señor la miraba enfadado. Otra vez le hizo reflexionar la presencia de un sapo de gran tamaño en el locutorio. En algunos sermones le parecía que el Señor la llamaba a grandes voces. Cierto día, al entrar en su oratorio y ver allí la imagen de «un Cristo muy llagado», se siente dolorida por lo mal que ha pagado tanto amor y, entre lágrimas, le suplica fortaleza para no ofenderle más. Poco tiempo después se siente interpelada por las «Confesiones» de S. Agustín.[1] «En especial, después de estas dos veces de tan gran compunción comencé más a darme a la oración... y fueron creciendo las mercedes espirituales... Me venía un sentimiento de la presencia de Dios, que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí y yo toda engolfada en él».
Estamos en 1554. Teresa tenía 39 años y se dispone a comenzar una nueva etapa de su vida. De hecho, cuando cuenta su historia, se siente obligada a hacer un gran paréntesis aquí, para introducirnos unas reflexiones sobre la oración, que nos ayuden a comprender lo que vendrá después. Al retomar el relato, dirá: «Es otro libro nuevo de aquí adelante, digo otra vida nueva»[2]

No corrían buenos tiempos para los espirituales. El Cardenal Cisneros[3], regente a la muerte de los reyes Católicos, había iniciado un amplio movimiento renovador en toda España, fundando universidades, reformando conventos, favoreciendo el estudio de los idiomas bíblicos y de la Teología, multiplicando la publicación de libros en latín… Carlos I[4] y su corte de flamencos no simpatizaron con Cisneros, ni con sus consejos, ni con sus maneras de hacer. La Reforma Protestante y las guerras de religión dividieron Europa y todo lo que sonara a interioridad era investigado por los tribunales de la Inquisición. El nuevo inquisidor general, Francisco Valdés y su terrible consejero, el Teólogo escolástico Melchor Cano, llenaron las cárceles con los discípulos de Cisneros, con los erasmistas, con los alumbrados... Incluso fueron condenados el ex-secretario de Cisneros, el Obispo de Verisa, Juan de Cazalla y hasta el Arzobispo de Toledo y Primado de España, Bartolomé de Carranza, por atreverse a escribir cosas como ésta: «No hay que maravillarse de que Dios quiera comunicarse a las mujeres y a los labriegos antes que a los letrados». Incluyen, uno tras otro, todos los libros que tratan de espiritualidad en el Índice de libros prohibidos (sólo en 1551 publican 4 Índices). Muy poco después, en 1559, Felipe II obliga a regresar a todos los españoles que estudian o enseñan en el extranjero, se prohíbe introducir en España libros publicados fuera de sus fronteras y traducir al español libros escritos en otros idiomas, incluso harán quemar las obras de Sto. Tomás de Villanueva, S. Francisco de Borja, S. Juan de Ávila[5], Fray Luis de Granada, y todos los libros que ella había devorado con ansias de aprender y había recomendado a tantas otras personas. No es extraño el miedo que surge en los confesores de Teresa cuando les habla de su oración, hasta llegar un momento en que ningún sacerdote de Ávila quiere aconsejarla. Este clima envenenado explica las continuas contradicciones de los años posteriores: denuncias a la Inquisición, secuestro del libro de la Vida, castigos, persecuciones... Y el descanso que supuso para la Santa poder exclamar, antes de fallecer: «Muero, al fin, hija de la Iglesia».

De momento, trata de su oración con Francisco de Salcedo[6], caballero con fama de santo, que había estudiado Teología en los Dominicos, y con el maestro Gaspar Daza, clérigo algo letrado. Ambos le meten miedo, porque insisten en que Dios sólo hace gracias sobrenaturales a las almas muy avanzadas en la virtud y en la mortificación. Para ellos escribe una relación de su vida, hoy perdida, acompañándola de la «Subida al Monte Sión», de Fray Bernardino de Laredo, donde subraya lo que cree que le está pasando. Insisten en que lo suyo tiene que ser obra del demonio. Le recomiendan que exponga su caso a los Jesuitas, recién llegados a Ávila. Diego de Cetina, primero, y Juan de Prádanos, después, la confortaron, asegurando sin titubeos que «era espíritu de Dios muy conocidamente», diciéndole que Dios esperaba mucho de ella e invitándola a reflexionar cada día en un paso de la vida de Nuestro Señor. Ella se sintió feliz, porque los Jesuitas la conducían. Al poco tiempo pasó por la ciudad S. Francisco de Borja[7], con el que se encuentra. Fue el inicio de una profunda amistad, que se fraguó en otros encuentros y en numerosas cartas. En la vida de Santa Teresa supuso un paso decisivo, ya que desde entonces construyó su oración enteramente sobre la Humanidad del Señor.



[1]E l "Doctor de la Gracia" fue el máximo pensador del cristianismo del primer milenio y según Antonio Livi uno de los más grandes genios de la humanidad.
[2] Santa Teresa Verdades  23:1­­.
[3] Cardenal, arzobispo de Toledo y primado de España, perteneciente a la Orden Franciscana, tercer inquisidor general de Castilla y regente de la misma a la muerte de Fernando el Católico.
– “Si quieres ser poderoso en tierra y vivir tranquilo  acoraza tus mares”. – “Dineros, dineros y dineros”.
[4] Rey de España desde el año 1516 hasta el año 1556 y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico desde el año 1519 hasta el año 1558.  –“La razón de estado no se ha de oponer al estado de la razón.”
[5] Fue un sacerdote y escritor ascético español. Tuvo intensas relaciones con la Santa:
– «A la muy Reverenda Madre mía y mi Señora Teresa de Jesús. Cuando acepté leer el libro
que se me envió, no fue tanto por pensar que yo fuera suficiente para juzgar las cosas
de él como por pensar que podría yo, con el favor de nuestro Señor, aprovecharme algo
con la doctrina de él».
– «El libro no está para salir a manos de muchos, porque ha menester las palabras de él en algunas partes; en otras, declararlas; y otras cosas que al espíritu de vuestra merced pueden ser provechosas, y
no lo serían a quien las siguiese; porque las cosas particulares por donde Dios lleva a
algunos, no son para otros».
[6] "Caballero santo" según Teresa (Vida 23,6). Primer marqués de Vadillo, fue un funcionario destacado durante los reinados de Carlos II y Felipe V. Destacó en la administración municipal, especialmente en la de Madrid. – “Búscate en mí”.
[7] Fue virrey de Cataluña y duque de Gandía. Después de la muerte de su esposa, en 1546, que acabó de desligarlo del mundo, entró en la Compañía de Jesús, de la que llegó a ser superior general. Se distinguió, sobre todo, por su profunda humildad. Dio gran impulso a las misiones.
– "Para poder sufrir más, Cristo no abrió enseguida su costado. Lo abrió después de morir, para revelar el amor de su corazón, para enseñarnos que el amor no se hace espiritualmente presente antes de la muerte del hombre viejo que vive en nosotros según la carne."

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