Santa Teresa conoció a San Juan de la Cruz en Medina del Campo contando ella 52 años y él 24, y le convenció para unirse a la reforma, olvidando sus planes de retirarse a la cartuja de El Paular.
Juan de la Cruz fue una ayuda fundamental para Teresa de
Jesús en la reforma del Carmelo en
la rama masculina de la Orden. Acabado de ser ordenado sacerdote, y con deseos
de irse de cartujo para vivir una mayor radicalidad de vida, se encontró con
Teresa de Jesús, que le conquistó para la reforma que ella acababa de iniciar
con las monjas. A pesar de la diferencia de edad (Juan tenía 25 años menos que
Teresa de Jesús) el papel carismático complementario de ambos ha sido un
extraordinario regalo para toda la historia de la Iglesia. Teresa definió a
Juan como “hombre celestial y divino”,
y añadía que: “El padre fray Juan de la Cruz es una de las almas más puras que
Dios tiene en su Iglesia. Le ha infundido nuestro Señor grandes riquezas de
sabiduría del cielo".
El pensamiento de Juan de la
Cruz se inserta perfectamente en la experiencia teresiana de oración y entrega
a Dios, añadiendo algunos elementos nuevos que enriquecerán mucho el patrimonio
de la espiritualidad carmelitana y de toda la Iglesia. Es necesario redescubrir
la influencia mutua y la unidad de Teresa y Juan, a pesar de sus diferencias de
carácter y temperamento, tan evidentes.
La reforma
del Carmelo que lanzaron Santa Teresa y San Juan no fue con intención
de cambiar la orden o "modernizarla" sino más bien para restaurar y revitalizar su cometido original
el cual se había mitigado mucho. Al mismo tiempo que lograron ser
fieles a los orígenes, la santidad de estos reformadores infundió una nueva
riqueza a los carmelitas que ha sido recogida en sus escritos y en el ejemplo
de sus vidas y sigue siendo una gran riqueza de espiritualidad.
No
en el rigor…
«Lo que dice el padre fray
Juan de Jesús de andar descalzos, de que lo quiero yo, me caen en gracia,
porque soy la que siempre lo defendí al padre fray Antonio y hubiérase errado.
Si tomara mi parecer, era mi intento el desear que entrasen buenos talentos,
que con mucha aspereza se habían de espantar… En lo que yo puse muy mucho con
él fue en que les diesen muy bien de comer; porque traigo muy delante lo que
vuestra reverencia dice, y muchas veces me da harta pena pareciéndome que de
aquí a dos días se había todo de acabar, por ver de la manera que se tratan….
Entienda, mi padre, que yo soy amiga de apretar mucho en las virtudes, mas no
en el rigor, como lo verán por estas nuestras casas. Debe de ser, ser yo poco
penitente.»[1]
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja tu comentario