domingo, 18 de enero de 2015

Cómo influyó San Juan de la Cruz en Santa Teresa

 Santa Teresa conoció a San Juan de la Cruz en Medina del Campo contando ella 52 años y él 24, y le convenció para unirse a la reforma, olvidando sus planes de retirarse a la cartuja de El Paular.
Juan de la Cruz fue una ayuda fundamental para Teresa de Jesús en la reforma del Carmelo en la rama masculina de la Orden. Acabado de ser ordenado sacerdote, y con deseos de irse de cartujo para vivir una mayor radicalidad de vida, se encontró con Teresa de Jesús, que le conquistó para la reforma que ella acababa de iniciar con las monjas. A pesar de la diferencia de edad (Juan tenía 25 años menos que Teresa de Jesús) el papel carismático complementario de ambos ha sido un extraordinario regalo para toda la historia de la Iglesia. Teresa definió a Juan como “hombre celestial y divino”, y añadía que: “El padre fray Juan de la Cruz es una de las almas más puras que Dios tiene en su Iglesia. Le ha infundido nuestro Señor grandes riquezas de sabiduría del cielo".
El pensamiento de Juan de la Cruz se inserta perfectamente en la experiencia teresiana de oración y entrega a Dios, añadiendo algunos elementos nuevos que enriquecerán mucho el patrimonio de la espiritualidad carmelitana y de toda la Iglesia. Es necesario redescubrir la influencia mutua y la unidad de Teresa y Juan, a pesar de sus diferencias de carácter y temperamento, tan evidentes.
La reforma del Carmelo que lanzaron Santa Teresa y San Juan no fue con intención de cambiar la orden o "modernizarla" sino más bien para restaurar y revitalizar su cometido original el cual se había mitigado mucho.  Al mismo tiempo que lograron ser  fieles a los orígenes, la santidad de estos reformadores infundió una nueva riqueza a los carmelitas que ha sido recogida en sus escritos y en el ejemplo de sus vidas y sigue siendo una gran riqueza de espiritualidad.
No en el rigor…
«Lo que dice el padre fray Juan de Jesús de andar descalzos, de que lo quiero yo, me caen en gracia, porque soy la que siempre lo defendí al padre fray Antonio y hubiérase errado. Si tomara mi parecer, era mi intento el desear que entrasen buenos talentos, que con mucha aspereza se habían de espantar… En lo que yo puse muy mucho con él fue en que les diesen muy bien de comer; porque traigo muy delante lo que vuestra reverencia dice, y muchas veces me da harta pena pareciéndome que de aquí a dos días se había todo de acabar, por ver de la manera que se tratan…. Entienda, mi padre, que yo soy amiga de apretar mucho en las virtudes, mas no en el rigor, como lo verán por estas nuestras casas. Debe de ser, ser yo poco penitente.»[1]





[1] Cta. 156 al padre Ambrosio Mariano de San Benito, Madrid. Toledo, 12 diciembre 1576

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