Para Teresa, la fe es el misterio de
Dios, que brilla en Jesucristo, se conserva en la Biblia, nos transmite la
Iglesia y germina en nosotros el Espíritu Santo.[1]
Es su misma espiritualidad, en cuanto a experiencia de alianza con Cristo
Resucitado, expresión de lo creado en su cumbre de belleza suprema, y acceso al
Dios trinitario.
Lo peculiar de Teresa en relación con
la fe se refiere a que para ella es algo que toca su ser en profundidad, no son
verdades abstractas, sino vitales.
Ella tuvo experiencias singulares de todas las verdades que proclama el credo cristiano.[2]
Fue llegando a ellas de forma progresiva, en un proceso de historia de
salvación. Percibió la verdad de Dios en un crecimiento humano-religioso,
dentro del ámbito que ella denomina oración [3]-tiempo
reservado a la relación con Dios-. Ahí principalmente le llegó a Teresa el
misterio de Dios. Y ahí su humanidad.
En ella como en una Tierra Santa, una
Nueva Jerusalén, Dios hizo su obra, volvió a renovar a su modo la historia de
salvación. Me atrevería a decir que en pocas personas se han desarrollado como
en ella los procesos bíblicos. Es algo que se puede percibir en sus obras, a
veces de forma clara y otras como un trasfondo o clamor, que sin explicitación
bíblica no se entendería. Teresa resultará así una pequeña Biblia.
Los primeros capítulos de su
autobiografía nos recuerdan los primeros de la Biblia cuando Dios todo lo hizo
bien y se paseaba con el hombre en el jardín. Pero también a Teresa le acechó
la tentación. La ciencia del bien y del mal la asaltó en las lecturas de libros
de caballerías (V 2,1), donde las fascinaciones vanas atrajeron su atención por
un momento, y Dios quedó un poco entenebrecido para ella por el humo de lo
caduco.[4]
Y también ella sufrió la expulsión del Paraíso (V 2,7-8). Y allí, fuera de su
hogar, comienza a reflexionar sobre el misterio
de Dios, que ahora le llega a través del evangelio de Jesús (V 3,1ss); y
comienza a plantearse a fondo el sentido de la vida. Precisamente uno de los
elementos de la fe es abrir para el hombre nuevas perspectivas y obligarlo a
nuevos interrogantes. Teresa decide guiarse por la fe, pero todavía no sabe qué
vocación seguir. Y así también experimenta ella el duro bregar del retorno al
paraíso, elemento clave del dinamismo de la fe.
Una inesperada, pero providencial
enfermedad, la obliga a emprender un viaje, y Teresa se pone así en camino como
Israel, ese pueblo que descubrió a Dios en ellos. No en vano, el padre de
todos, Abraham, era un arameo errante. También Teresa, de ascendencia judía,
sería una mujer errante, y descubriría a Dios en los caminos. Ahora en éste y
después en otros muchos. Quién se podría imaginar, que la mujer que mejor ha
descrito el mundo interior, lo encontrara principalmente en los avatares de la
vida. Es que para el hombre espiritual no hay interior ni exterior, sólo existe
Dios, que da vida y sentido a todo.
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